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Gracias a los inmigrantes

Inmigración
Antoni Coll
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Cohesión social

El padre de Thomas Edison llegó a Estados Unidos como refugiado político de Canadá, el de Steve Jobs (fundador de Apple) fue un inmigrante sirio, el de Jeff Bezos (Amazon) llegó de Cuba, Jan Koun (WhatsApp) nació en Ucrania, Serguéi Brin (Google), en Rusia...

Estados Unidos es una referencia que puede servir a Europa para no ver a la inmigración como una carga. Millones de personas que llegaron de todo el mundo engrandecieron América, y algunas dieron mucha gloria a la nación.

Ahí están políticos como los Kennedy o los Obama, de familia de inmigrantes. El mismo Donald Trump, pese a su obsesión contra la inmigración, es hijo de madre escocesa y su padre, de inmigrantes alemanes.

Una de mis experiencias inolvidables fue una visita a Ellis Island. Por esta pequeña isla, cerca del puerto de Nueva York, y a la vista de la Estatua de la Libertad, en seis décadas (1892-1954) entraron en el país doce millones de inmigrantes, dos tercios de ellos procedentes de Europa.

Entre los inmigrantes que Estados Unidos recibió aquellos años se encuentran muchos progenitores de americanos famosos, como he mencionado antes, pero otros muchos que, sin engendrar a personas célebres, contribuyeron a que el país de acogida se convirtiera en primera potencia mundial.

Europa tendría que reflexionar sobre esta experiencia de cuando sus antepasados fueron acogidos en el país americano, una apertura de puertas que le honra en la historia y que contrasta con el pecado de la esclavitud, también vivido en América, cuando millones de africanos, en siglos anteriores, fueron arrancados de sus chozas y poblados para ser vendidos a negreros que los transportaron hacinados a Estados Unidos en barcos europeos.

Sin embargo, no hace falta recurrir a la historia para apreciar la contribución -voluntaria o forzosa- que suponen los inmigrantes. La tenemos a la vista actualmente en cualquier ciudad europea, donde contemplamos trabajadores del campo o de la construcción que hacen duros trabajos que nadie quiere para sí. O cuando vemos a colombianas, ecuatorianas, filipinas o rumanas acompañar a personas ancianas que van de paseo o se dirigen a la parroquia.

Gracias a los inmigrantes nuestro mundo es mejor. Quien no los reciban por solidaridad, deberían recibirlos al menos por egoísmo.
 

Antoni Coll, periodista. Catalunya Cristiana, 26.08.2018, p.6

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