Braval

Catalán Castellano

La deshumanitzación de la migración

Joseba Achotegui
09/11/2011
¿Tienen los inmigrantes derecho a la vida en familia?

En los últimos meses un número creciente de instituciones y de grupos de opinión está planteando propuestas para limitar e incluso imposibilitar la reagrupación familiar de los inmigrantes, coartando de este modo un elemento esencial de la naturaleza humana: la vida en familia. Se plantea que este derecho pase a convertirse en un simple mérito, un premio.
 
Además, este premio se otorgaría graciosamente a quienes cumplieran todo un extenso y creciente pliego de muy discutibles condiciones lingüísticas, culturales, etc. a las que recientemente, para colmo, se ha añadido una condición especialmente pintoresca y peregrina: la evaluación del grado de civismo del inmigrante Difícilmente se podría encontrar un término más vago e inespecífico que el de civismo y por lo tanto de más arbitraria evaluación (¿Se consideraría incivismo echar un papel al suelo, saltarse la cola de la pescadería, o cruzar la calle indebidamente?). Y para colmo estas propuestas se están planteando en un momento en el que como consecuencia de la crisis, ha disminuido el número de inmigrantes y las demandas de reagrupación familiar son mucho menores.
 
Considero que esta tendencia a la radical restricción de la vida familiar de los inmigrantes no es casual sino que es un claro ejemplo de la creciente deshumanización con que se aborda la temática de la migración en nuestra sociedad.
 
Así, es bien perceptible que casi nunca se tiene en cuenta el lado humano, emocional, personal de la migración, sino que casi siempre el análisis se queda en los aspectos económicos, demográficos-estadísticos… aspectos sin duda muy relevantes, pero que no agotan ni mucho menos el análisis de los fenómenos migratorios. Es más, me atrevería a decir que no sé muy bien qué es la migración, un complejo constructo teórico, difícil de delimitar, pero sé muy bien qué es un inmigrante.
 
Pero además de atentar claramente contra los derechos humanos, las políticas de restricción de la vida familiar irían en la dirección contraria a los proyectos de incremento del civismo que pretenden lograr (en realidad una simple excusa) ya que todas las recomendaciones que se efectúan desde las ciencias psicosociales acerca de la integración de los inmigrantes señalan que justamente la vida en familia es el mejor medio para el logro de la estabilidad emocional y psicosocial y la mejor inversión en previsión de la violencia, la exclusión social y el trastorno mental. Porque el vínculo familiar se basa en un instinto, el apego, un instinto de la misma categoría que el instinto sexual o el de la supervivencia, tal como mostraron los trabajos de Bowlby, y su ruptura genera enormes alteraciones y desequilibrios en todos los miembros de la familia.
 
De todos modos, estas políticas no se dan en el vacío, sino que se inscriben en una tendencia creciente a la limitación de la vida familiar de los emigrantes puesta en marcha en numerosos países.
 
En el siglo XXI cada vez emigran menos familias enteras como las familias que hemos visto tantas veces en las caravanas de las películas del oeste, superando unidas las dificultades. Hoy emigran mujeres, hombres, incluso niños… pero cada vez más, emigran solos.
 
Muchos padres inmigrantes nos han expresado el enorme sufrimiento que comporta esta injusticia: recuerdo una mujer boliviana que nos decía: “todo por los hijos, pero sin los hijos”. Y otra que añadía: “lo que nos estamos perdiendo: ese cambio de voz del niño, ese primer bigotillo… y no estábamos con ellos, eso ya no vuelve jamás”. O haciendo referencia al locutorio, ese lugar tan especial donde se “reúne” la familia inmigrante: “¡qué cerca y qué lejos!”. Con estas nuevas políticas: cada vez más lejos.
 
 
Joseba Achotegui. Universidad de Barcelona
Director de SAPPIR (Servicio de atención psicopatológica y psicosocial a inmigrantes y refugiados)
Publicado en "El Raval". Nº 209. Septiembre 2011
 


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