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El Raval: una realidad con esperanza

Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona. Carta Dominical. 16.12.2018
16/12/2018
El Raval es uno de los barrios de Barcelona con más demanda de acción social.

Esta área, multicultural y rica en diversidad, concentra problemáticas muy representativas de la realidad de la ciudad, a las que se refieren a menudo los medios de comunicación. En poco más de un kilómetro cuadrado viven más de 48.000 personas, una cifra que triplica la densidad media de la ciudad.
 
La mitad de los vecinos son de origen extranjero. Predomina una clase media empobrecida, con un alto número de familias en riesgo de exclusión social, desfavorecidas y sin esperanza. El 30% de la población está desocupada. El 37% tiene profesiones de perfil bajo. Un 72% de sus habitantes solo tiene estudios primarios. Más de dos mil ancianos viven solos.
 
Todas estas personas afrontan un día a día difícil, con preocupaciones muy importantes que nos afectan a todos, como el trabajo, la vivienda, los hijos, etc. Esto se mezcla con problemas graves de calidad de vida, de espacio público, de gentrificación y de seguridad.
 
Afortunadamente, además de la labor que realizan las instituciones públicas, en el barrio del Raval hay unas cincuenta entidades que se dedican a ayudar a estas personas y, además, también hay mucha gente que ofrece su ayuda a nivel individual. La esperanza es la gente. Con personas altruistas conseguiremos una sociedad más digna y cohesionada. Sin esta solidaridad los problemas serían mucho más graves. Tenemos una gran red social muy activa, que no solo está facilitando la unión y la buena convivencia en el barrio, sino que contribuye a reducir problemáticas y, en algunos casos, brotes de violencia.
 
Muchas de estas actuaciones provienen de la Iglesia: las parroquias, Cáritas, el trabajo de los religiosos y diversas entidades del barrio, en las cuales colaboran muchos cristianos como voluntarios, que ponen en práctica su fe. La actuación de estas entidades de Iglesia, muchas de las cuales he tenido ocasión de visitar, permite cubrir las necesidades básicas de las personas, sin dejar de ofrecer el necesario alimento espiritual. Atienden a las personas que lo necesitan, sin discriminación por razón de procedencia, lengua, raza o religión. En esta labor y trabajo constante está la semilla de una sociedad más humana y fraterna.
 
Una persona que echa una mano a otra está en la antesala del encuentro con Dios. Quien se acerca a un pobre, a un enfermo, a quien está solo, es al mismo Cristo a quien se acerca, ya que como dice el papa Francisco: «Las personas pobres y débiles son la carne de Cristo» (Visita apostólica del Papa a Georgia, octubre de 2016).
 
Agradezco a tantas personas y entidades el esfuerzo que hace posible que mucha gente sienta que forma parte de una familia que le ama. Gracias a este esfuerzo, somos y seremos una sociedad acogedora que afronta los problemas dando lo mejor de sí misma. Sentirse parte de una familia es la mejor vacuna para gozar de buena salud en cualquier barrio del mundo. Sintamos que somos «barrio», sintamos que somos «familia».


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